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lunes, 13 de abril de 2015

EL JABATO


Vivo en plena Naturaleza y mi mayor placer es salir a pasear por el bosque. Hoy, como cada día sin excepción, ha sido distinto de los demás.

He escuchado un ruido cercano y he visto pasar un jabalí. Ha salido corriendo, y una cría le ha seguido dando saltitos.

Sin embargo, a un par de metros de mí, otra cría se ha quedado observándome fijamente. Con curiosidad. En silencio. Sus ojos desbordaban inocencia y bondad. Yo me he quedado mirando sin saber como reaccionar.

Soy consciente de que en estos casos, lamentablemente, la reacción más adecuada es tirarle una pedrada, gritar o realizar cualquier movimiento amenazador. Si se acostumbra a que los humanos no son peligrosos, se acercará a ellos y el próximo cazador lo matará fácilmente.

Ahora se está formando, y debe aprender a temer a los humanos. Por su propia supervivencia.

Me moría de ganas de hablarle, de llamarlo, de jugar con él. Incluso de acariciarlo. No lo he hecho, pero tampoco he sido capaz de mostrarme hostil. No he podido. 

Me entristece. Me entristece no poder jugar con los animales del bosque porque acostumbrarlos a la presencia humana es su sentencia de muerte. 

Me entristece que haya humanos que los maten por placer, por deporte, y por su culpa yo no pueda interactuar con la Naturaleza como desearía.

Ya sé que con el hábitat mermado y sin depredadores naturales las batidas son necesarias para controlar la población y evitar accidentes de tráfico, bla, bla, bla... pero para mí siguen siendo unos ojitos inocentes y curiosos que me miraban con ternura.


jueves, 6 de septiembre de 2012

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Hace 20 años, con los puntos de la libreta de una entidad bancaria que ya no existe, me regalaron una máquina para cortar cabello. Solac Ideal Beauty Collection, Modelo 245. Sencilla pero eficaz. Durante todos esos años le di un uso muy frecuente y nunca falló. Hace poco las cuchillas empezaron a perder filo y ya tiraba un poco de los pelos así que me decidí a comprar otra.

Por supuesto busqué el mismo modelo y marca, pero ya no lo fabricaban. Al final pensé "sólo es una máquina para cortar el pelo, cualquiera me sirve, pero la compraré un poco buena porque quiero que me dure".

En un mal día me decidí por una Remington Cortapelo Maverich HC5750. Un error. Puedes usarla sin cable, que siempre molesta, pero tiene menor potencia por lo que acabas enchufándola como todas. Ah y lo más importante, ¡¡¡se puede recargar mediante puerto USB!!!! ¡¡¡Siempre quise una máquina cortapelos enchufable a un USB!!!. ¡¡¡Qué prestación más inútil!!!. ¿Para qué la voy a enchufar a un USB habiendo enchufes? Y si no hay enchufes me espero unos días a cortarme el pelo, hasta que encuentre uno.

Por supuesto el corte es mucho menos limpio que en mi vieja Solac y tengo que dar varias pasadas donde antes sólo daba una.

Pero volvamos a la Obsolescencia Programada: esta máquina tiene unos peines de plástico blando diseñados para romperse.

Al principio los cubre la garantía, aunque siempre es una molestia tener que desplazarse al servicio técnico a pedir el recambio. Son muy delgadas y es fácil que se rompan. El problema es que a veces se rompen solas, guardadas en el estuche, en algunos peines que por su tamaño nunca he usado. Por tanto no se rompen por el uso (o mal uso). Se rompen porque están diseñadas para ser frágiles. Para no durar, para que te tengas que comprar recambios o mejor, una máquina nueva.

Es lo que se conoce como Obsolescencia Programada. Diseñar un producto para que se estropee y así obligar al consumidor a gastar más. Ello no sólo es perjudicial para su bolsillo, sino también para el Medio Ambiente que habita porque la máquina vieja son más residuos. Pero da igual. Lo importante es vender, y si los productos duran se venden menos así que es más rentable diseñarlos para que se rompan.

El tema del software y hardware informático funciona igual, aunque aquí es más rápido hacer que queden obsoletos y sean incompatibles a que se estropeen físicamente. Distinta táctica para un mismo objetivo.

Hay un montón de información y reportajes sobre este tema en Internet, no me extenderé.

Simplemente decir que las empresas no fabricarían productos con Obsolescencia Programada sin la permisividad y el consentimiento del Estado. Hoy en día, afortunadamente, ya existe un periodo legalmente obligatorio de garantía. Si éste periodo se ampliara a 10 o 15 años para todos los productos, a las empresas ya no les resultaría tan rentable fabricarlos para que se rompan, se esmerarían más en la calidad y se acabaría de una vez por todas con la Obsolescencia Programada.

lunes, 23 de julio de 2012

LOS MOSQUITOS

Hace tiempo que me cuestiono la utilidad vital de los mosquitos. Afortunadamente aquí no transmiten enfermedades letales, pero no acabo de entender qué se había fumado "El Creador" el día que decidió inventarlos.

Claro, seguro que las arañas, pájaros, peces, batracios, murciélagos y otros benefactores que se alimentan de ellos no opinan igual, pero yo me sigo preguntando si no hubiera sido mejor hacer unas mosquitas inofensivas para tal finalidad.

Tengo las piernas taladradas con premeditación, alevosía, ensañamiento y nocturnidad. Mi filosofía budista de respetar a todos los seres vivos se desmonta como un castillo de naipes en un tsunami ante tal contradicción. Los combato como a cualquier virus, bacteria, hongo o parásito que pretenda alimentarse de células de mi cuerpo... sin tregua.

Un día decidí que no usaría armamento químico o bacteriológico. Ni sprays, ni enchufes, ni citronela, ni velas, ni humos, ni collares o pipetas antiparasitarios. Creo que el veneno y los tóxicos insecticidas me perjudican más que el anticoagulante de la picadura. Yo trabajo a pura palmada. Tú me picas, yo te aplasto. Yo te aplasto y tu ya no me picarás. No utilizo ningún otro método (a excepción de dejar las zapatillas usadas en la ventana, cuyo hedor crea una barrera que purga cualquier forma de vida, pero lo hago más por dignidad humana que como insecticida).

Con el tiempo me he convertido en un cazador experto. La clave es la sangre fría. El temple. La ecuanimidad. Cuando los veo volar los sigo sin odio, sin rencor, sin pasión. Intento que pasen por una superficie blanca (paredes...) para mejorar el contraste y los aplasto al aire de una palmada, a la primera. Mi eficacia y reflejos han incrementado de forma exponencial. La destreza y la maestría se adquieren con el tiempo y la experiencia. Al final haces filigranas, cacería espectáculo (chafar a la vez uno con cada mano, arrojar un objeto al aire, aplastar al mosquito y recoger el objeto antes de que caiga al suelo, etc...).

Cada noche, antes de acostarme, hago una redada por la habitación. No dejo ni uno con vida. Mi propia vista ha mejorado y los detecto al instante. Me conozco cada rincón, cada muesca en la pared. Moscas, arañas están siempre a salvo de ser confundidos. Identifico tigres, vulgares, mosquita cojonera que pica. Un experto de la universidad de la vida, del trabajo de campo. No, no seré modesto, soy un depredador, 50% rana, 50% Schwarchenechsewenegger.

Una vez, escuché en un documental que los mosquitos no son como las abejas o las inyecciones. No es un aguijón afilado y poderoso que pica a golpe. Más bien es una especie de serrucho, y tarda unos 20 segundos en hacer un agujero para meter la trompa succionadora. Por tanto tienes todavía un tiempo de respuesta. Por ello, una táctica habitual, es dejar que se posen en mi pierna. Que me empiecen a picar. Cuando tienen la trompa dentro son más vulnerables. Imaginaros a un hombre en plena cópula. En pleno orgasmo. Seguro que no tiene ganas de luchar o huir ante un peligro, o como mínimo reacciona más lento. Esos segundos hacen la diferencia. Esos segundos te permiten aplastarlo con comodidad. Sin prisas. Sin estrés. Sin remordimiento. Sin odio. Sin crueldad. Sin piedad. Sin sentimientos. Sin rencor.

miércoles, 18 de julio de 2012

FAMILIAS NUMEROSAS

Yo soy partidario de retirar todos los descuentos y las ayudas (con dinero público) a las familias numerosas. Está claro que nadie les obliga a tener tantos hijos, que existen métodos anticonceptivos al alcance de todo el mundo y que el Estado no debe responsabilizarse de aquellos que no son capaces de calcular cuantos hijos pueden mantener.

Existe la falsa creencia que las familias numerosas son beneficiosas para la sociedad. Que los niños de hoy pagarán las pensiones de mañana... (y cobrarán las de pasado mañana). Que la pirámide poblacional debe crecer indefinidamente y que el planeta y los recursos naturales pueden mantener a un número ilimitado de seres humanos.

Esto era cierto cuando la población humana no superaba los 1000 millones de personas y la agricultura era el motor de la economía. Cada brazo adicional era una bendición para la familia y una inestimable ayuda para cultivar la tierra y proporcionar alimentos y sustento a los ancianos. El planeta todavía podía soportar esta presión demográfica.

Incluso es comprensible en una era industrial, donde los empresarios necesitan trabajadores para hacer funcionar sus empresas, y consumidores para que les compren sus productos.

Pero en una era tecnológica, donde la mano de obra es cada vez más prescindible, sustituida por las máquinas, los robots y los ordenadores, aumentar el número de personas implica aumentar las posibilidades de desempleo, marginación, deterioro medioambiental y conflicto.

No, no tiene ningún sentido potenciar a las familias numerosas, no son beneficiosas para la humanidad, al contrario, la perjudican. Entonces ¿por qué seguimos haciéndolo?

Aparentemente por inercia, porque siempre se ha hecho así. Una herencia del franquismo y del fundamentalismo católico que se han olvidado de revisar...

Pero no cuela. En época de crisis se revisan muchos gastos innecesarios y éste no se ha tocado porque hay intereses para que siga así...

Cualquier grupo de presión, la Iglesia, el Estado, el Opus... que tenga poder, le interesa que sus miembros se reproduzcan para generar "cantera" de adeptos a la causa. Cualquier religión animará a sus miembros a tener hijos para perpetuar el "chollo". Cualquier Estado (minimamente facha) preferirá que le nazcan ciudadanos, hijos de nativos, a que su sociedad se le "ensucie" con inmigrantes y sus ideas nuevas, a los que hay que domesticar y que pueden cuestionar la estructura de poder actual.

Yo creo que hay que pensar mínimamente en el planeta y en las generaciones futuras. No a lo Chino, tampoco soy partidario de penalizaciones, pero por supuesto las familias numerosas no deben tener el apoyo moral ni económico de las instituciones públicas.

jueves, 23 de febrero de 2012

EL QUERCUSCIDIO

Hace un par de semanas publiqué un artículo titulado Los Árboles. Lo escribí en el momento de inspiración, pero yo ya hacía algún tiempo que había plantado bellotas en macetas, y algunas ya asomaban en germinación.

Publicar ese artículo me dio la oportunidad de rescatar viejas fotografías. En la que colgué aparezco con mi perro (en paz descanse) y se ve un círculo de piedras que puse para identificar el árbol. Al poco de escribirlo volví a esa montaña, y gracias a la fotografía me orienté, y encontré las piedras. El árbol murió en un incendio, pero las piedras, 20 años después, estaban exactamente en la misma posición que las dejé. Ha llovido, ha nevado, esa zona se quemó un par de veces, ha pasado gente, animales, y las piedras no se han movido.

Limpié los arbustos de dentro del círculo, planté el primer árbol de la nueva generación y lo regué. Era diminuto, medio centímetro, pero no me gusta dejarlos mucho tiempo en macetas porque las raíces se enroscan en el fondo y pierden fuerza.

Hoy, dos semanas después, cargado con una garrafa de 5 litros en la mochila lo he ido a regar. Lo planté en un lugar recóndito y de difícil acceso. Pero no lo suficiente. Me he encontrado la tierra removida, la semilla no estaba, el círculo de piedras desparramado y pisadas humanas alrededor. En 20 años las piedras no se movieron, y en dos semanas alguien me ha vuelto a asesinar el bonsái.

Yo tengo un principio. Cultivar y trasplantar los árboles me supone un tiempo y un requerimiento físico importantes. Sé que en cualquier momento me puedo encontrar los árboles muertos (por causas naturales o artificiales), por tanto la prioridad no es el objetivo (que los árboles sobrevivan) sino el proceso (que yo disfrute plantándolos y en cada minuto de todas las excursiones para visitarlos y regarlos). Y así lo hago. Por tanto el goce, el ejercicio, el contacto con la Naturaleza, el aire puro, y la ilusión están blindados. Nadie me los puede arrebatar.

Pero ver el quercuscidio me ha entristecido. Aprovecho para apostillar que la palabra quercuscidio me la acabo de inventar. Se define como una de las acciones más bajas que puede realizar un ser humano, asesinar gratuitamente a un árbol, en este caso de la familia Quercus (robles, encinas, alcornoques, etc...). Voy a intentar usarla en futuras publicaciones, aunque no venga a cuento, a ver si difundo la palabra y conciencio para que no sea necesario usarla nunca.

He regado igualmente el lugar porque la garrafilla ya pesaba, y me he sentado pensativo. Se me ha pasado por la cabeza poner una nota del estilo "Respeta mi árbol y yo respetaré tu vida". Pero no lo he hecho porque es una batalla perdida. Y porque no es mi árbol. Los árboles no pertenecen a nadie. Y también porque aunque me encontrara al capullín en pleno quercuscidio probablemente tampoco lo mataría.

Pero he pensado. Yo soy de los que creen que las cosas no pasan por casualidad, que siempre hay una lección o un efecto positivo que se puede sacar de cada acontecimiento. Sea el que sea. Incluso de un quercuscidio. Inicialmente no lo he encontrado, así que me he hecho unas preguntas.

¿Quién? Desde luego no era un amante de la Naturaleza, nadie que lo sea comete quercuscidios. Tal vez un cazador o un silvestrista que no les gustó lo que opiné sobre ellos en mi blog. Pero eso es casi imposible. De acuerdo con las estadísticas, prácticamente nadie se lee mi blog, y los pocos que lo hacen están en Rusia (cosa que tampoco acabo de entender pero les mando un afectuoso abrazo). Pero alguien que odia la Naturaleza no se pasea por lugares tan recónditos e inaccesibles... lo que me lleva a la siguiente pregunta.

¿Por qué ha ocurrido? He pensado que podría ser un mensaje del Universo para que no pierda el tiempo en chorradas y detalles y enfoque de una vez mi vida hacia los designios más elevados que tiene guardados para mí. Pero esto no me cuadra con lo que disfruto en cada excursión. Cuando algo te apasiona, cuando lo haces desde el corazón, cuando escuchas a tu Alma, quiere decir que vas por el buen camino. Y el Universo nunca te aparta de lo que te dicta tu interior.

¿Cuál es el móvil del quercuscida? (me refiero a su motivación, no a su número de teléfono). Está claro que no iba a por el árbol. No alcanzaba el medio centímetro, el bosque está lleno de matojos y ni buscándolo lo habría encontrado. Pero las piedras lo delataron. Demasiado bien puestas. Se notaba que la mano del hombre estaba detrás. El quercuscida no persigue matar al árbol. Su objetivo es el ser humano que lo planta. Le da placer imaginarse la cara que pondrá cuando vea como en unos segundos él, poderoso, destruye lo que al otro le ha costado años conseguir.

¿Por qué puse las piedras? En principio para recordar dónde estaba, para que no fuera pisado por error y porque si alguien lo encontraba viera que estaba plantado por un humano y se pudiera contagiar de impulsos medioambientalmente favorables (como me pasó a mí, cuando era pequeño, que en una excursión encontré un hombre repoblando y ello despertó mi afición). Pero tal vez hubo algo de ego, para que la gente pensara lo fuerte que estaba porque podía levantar piedras que mucha gente es incapaz de mover.

La experiencia me demuestra que es más probable un quercuscidio a que los pisen por error. Que ya conozco el territorio de sobras como para no necesitar identificarlos con piedras para encontrarlos. Y que mi ego y mi espalda ya no son lo que eran. Por tanto, la lección que saco es que debo replantear la estrategia.

A partir de ahora la mejor defensa para los bonsáis será su discreción. Cuanto menos se note que los ha plantado un humano mejor. Nada de piedras, nada de cercos para recoger el agua, nada que destaque o pueda atraer la atención de un quercuscida. Nadie los verá y pensará en mí. En el que los ha plantado. Nadie sabrá dónde están. Y si los pierdo dependerán de ellos mismos para sobrevivir. No me necesitan. Nunca lo han hecho. Por eso es tan importante recordar la regla de oro: Disfrutar del proceso. Es lo único que importa.

miércoles, 8 de febrero de 2012

LOS ÁRBOLES

Año 1994. En aquella época yo tenía una curiosa afición. Hacía excursiones con mi perro a la montaña, y recogía semillas (mayoritariamente piñones y bellotas) que plantaba en macetas en mi casa. Los regaba y cuidaba con cariño, y cuando crecían un poco los trasplantaba a los bosques que se habían quemado. Desgraciadamente tenía mucho terreno donde escoger.

Iba haciendo un seguimiento, en especial en los veranos más calurosos, con garrafas de agua para regarlos a todos. Eso sí que era sudar.

La propia tarea era bastante dura por sí misma. Los plantaba cuando todavía hacía frío. Cargaba la maceta (normalmente generosa), una pala, agua (para mí, para el perro y para el árbol) i un bocadillo.

Cavaba un agujero muy profundo, más que el tamaño de la maceta. Luego lo volvía a tapar y plantaba el árbol encima. Así sus raíces encontrarían la tierra removida cuando crecieran, y el agua se filtraría mejor. Luego los rodeaba de pedruscos enormes, para identificarlos cuando la vegetación colindante creciera. Era casi un monumento megalítico.

Con el tiempo me convertí en un verdadero experto. Mejores semillas, mejores lugares, mejores épocas, mejor equipo y mejor forma física.

El primer verano era crítico. Muchos morían. Pero con el tiempo y la experiencia un buen número ya lo superaba con facilidad. Otros no conseguía recordar dónde estaban y los perdía para siempre. Un bosque quemado es un desierto, lo verde se ve a millas, pero cuando los matojos crecen el paisaje cambia totalmente y al cabo de unos años ya cuesta orientarse.

Diversificaba en lugares y en especies para garantizar la tasa de supervivencia. Había una norma básica. Lejos de caminos y lugares frecuentados por humanos. Ello me obligaba a sudar la gota gorda cargando los bultos campo a través, y dejaba los bajos de los pantalones tan manchados de la carbonilla de los arbustos quemados que la lavadora no podía con ellos. Es cierto que alguna vez me encontré algún árbol regado o con un palo para que creciera recto que no lo había puesto yo, pero prefería que estuvieran en lugares inaccesibles para evitar atentados. En una ocasión dejé uno la mar de majo al lado de un camino (porque mi espalda me lo indicó así), todo rodeado de piedras para que no lo pisaran y cuando volví otro día me encontré su cadáver incinerado al lado de una colilla de cigarrillo. Los arbustos de alrededor impecables. Sólo quemaron el árbol. Hoy hago yoga y meditación, tengo paz interior y siento amor por todos los seres vivos del Universo. Pero recuerdo que en aquel entonces me cagué en toda la familia del hijo de la grandísima puta que me quemó el bonsái.

Pero el peor enemigo era otro. Tenía algunos árboles que ya levantaban casi un metro del suelo. De los primeros que planté varios años atrás. Y debo reconocer que a esos les tenía un cariño especial. Otro incendio forestal devastó la misma zona por segunda vez y murieron todos pasto de las llamas. Entonces lo dejé.

Yo creo que los árboles son la cosa más sagrada que hay en el planeta. Los adoro. Los amo. Sí, yo soy de los freakies que abrazan árboles en el monte. En la intimidad incluso los beso. Y cuando hay un agujero en la altura adecuada... (¡Es broma!).  La verdad es que siento su energía y su vida. Me encanta verlos, fotografiarlos, estar junto a ellos. Son un ser que siempre imparte bondad (oxígeno, humedad, sombra, frutos, refugio, tempera el clima, evita la erosión) a cambio de nada. Sólo suman. Son puro amor. Me encanta cualquier especie, cualquier forma y en cualquier lugar. Me apena cuando los talan, los queman o los hacen sufrir porque creo que ellos sienten el dolor y el miedo, igual que el amor que incondicionalmente siempre nos dan.

Hoy tengo 10 macetas en casa. Tres de ellas ya están germinando. Creo que ha llegado la hora de recuperar las buenas aficiones del pasado.

martes, 24 de enero de 2012

LAS MASCOTAS

Veo en Frank de la Jungla que a un ignorante se le ocurrió comprarse un cachorro de leona para alardear de mascota exótica. La tuvo encerrada 16 años en una celda diminuta y el veterinario le extirpó las garras "por seguridad". Ahora buscaba ayuda para darle al obeso y enfermo animal una vida mejor.

No es la primera vez que oigo que a un felino (normalmente gatos) le operan las uñas para que no arañe.  Como tortura me parece de una crueldad refinadamente sádica. Hace unos días publiqué un artículo de Silvestrismo en que imaginaba una civilización extraterrestre más avanzada que nos tratara como nosotros nos comportamos con nuestras mascotas. En este caso equivaldría a que nos amputaran los dedos de las manos "por seguridad". Sin dedos seríamos mucho menos peligrosos. Con un muñón en lugar de manos seguro que les daríamos muchos menos problemas. Claro que podríamos hacer menos cosas, pero en cautividad tampoco se notaría la diferencia. No haría falta trabajar porque ellos nos alimentarían. Estaríamos encerrados en espacios reducidos donde ya nos lo darían todo hecho para que no echáramos de menos nuestros dedos... sin éxito, claro...

Otras torturas estéticas tal vez no fueran tan traumatizantes, orejas cortadas en punta, dedos de los pies amputados (como símil a acortar el rabo, la alternativa no la quiero ni plantear). Castraciones, esterilización, mutilaciones, chips, tatuajes, jerseycillos horteras, doma, aislamiento, soledad, alimentación basura,... y siempre, siempre, restricción de hábitat y confinamiento en habitáculos reducidos.

Me estoy centrando en las mascotas. Por supuesto, si se alimentaran de nosotros el trato sería mucho más brutal. Camiones de cachorros humanos apiñados para ser llevados al matadero, mujeres ordeñadas, todos castrados y hormonados con mil productos químicos para engordarnos y ser más sabrosos... no lo quiero ni pensar. Preferiría ser la mascota fiel de algún alien y que al menos me diera cariño y se apenara el día de mi muerte...

Yo tuve un perro. Rescatado in extremis del corredor de la muerte. Claro que pensaba que un piso no era lugar para él, pero la única alternativa que le quedaba era morir. Salvo casos similares no soy partidario de tener animales en cautividad. Me encantan, pero cuando veo las condiciones en las que muchos sobreviven se me parte el corazón. Los perros, y en menor medida los gatos, se han acostumbrado a vivir con el hombre. En muchas ocasiones el hábitat y el amor que algunas personas les proporcionan justifica tenerlos (más si son de perrera). Pero a algunos freakies les gusta tener animales exóticos o peligrosos en casa, confinados en espacios diminutos. La siempre cuestionable excusa es que los animales pequeños, roedores, reptiles, peces, arácnidos, insectos o anfibios no sienten. Todo el mundo es consciente de la inteligencia y los sentimientos de un perro. Ya no digamos de un gorila o un chimpancé. Pero al "bajar" a animales "menores" la inteligencia y por tanto el derecho a vivir dignamente se reducen...

El Universo es extenso, ilimitado, infinito. La probabilidad de que la Tierra, con toda su diversidad, sea el único planeta en el que haya vida es (a mi entender) nula. Que el nuestro sea el único planeta poblado de vida inteligente es altamente improbable. Pero que exista una civilización más avanzada que la nuestra que nos pueda llegar tratar como nosotros tratamos a nuestros animales es impensable... espero.


jueves, 19 de enero de 2012

SILVESTRISMO

Mis dos antiguas novias tenían una curiosa e inusual característica en común (aparte de salir conmigo). Sus respectivos padres eran Silvestristas. Para los profanos en la materia (como yo), aclararé que no se trata de ninguna patología o perversión sexual. Es la captura de aves salvajes para consumo doméstico, en la mayoría de los casos para escucharlos cantar.

Iban al monte con sus camaradas, untaban unas ramas con una resina pegajosa y soplaban un reclamo. La víctima se pensaba que era una hembra y que ese día por fin mojaría. Pero una vez se posaba en la rama ya no podía salir de allí hasta que el cazador (que observaba agazapado en su guarida) le liberaba de la angustia y el tormento, a cambio de que ya no podría volar nunca más.

Por supuesto en esa rama se pegaba de todo, machos, hembras, especies protegidas, insectos,... Por ello más adelante empezaron a usar redes y jaulas. Normalmente si alguna presa estaba prohibida la soltaban para evitar que los Forestales les multaran (cosa que raramente ocurría). Los que no tenían tanta suerte acababan confinados en una celda de menos de un litro de capacidad para el resto de sus días. Un litro es poquísimo, imaginad un pájaro encerrado en una botella de Coca-Cola (de 1 litro obviamente). Es una verdadera tortura.

Algunos morían en la captura o en el transporte, o quedaban lisiados para siempre. A veces traficaban con los supervivientes (es legal), pero no ganaban mucho dinero, era más bien un pasatiempo. Cuando entraba en sus casas se me partía el corazón de verlos apilados en sus ataúdes de metal. Los limpiaban y les daban de comer, pero toda la vivienda apestaba a pajarería y a campo de concentración. Su canto era triste aunque reconozco que hermoso.

Yo creo que si cazas porque necesitas comer y que la alternativa es pasar hambre se puede comprender. Pero atrapar a un pájaro para escuchar su canto no tiene ninguna justificación. Cómprate un CD y a ellos déjalos vivir en paz y en libertad.

Imagino una civilización extraterrestre súper avanzada, que no comprendiera nuestra primitiva inteligencia y nos consideraran seres inferiores y sin consciencia. Que nos cazaran y nos separaran de nuestra familia, amigos, entorno, hábitat, para llevarnos a su planeta y encerrarnos en sarcófagos (con la cabeza fuera). No nos podríamos mover. Nos alimentarían, limpiarían nuestras deposiciones y nos curarían las enfermedades gracias a su avanzada tecnología. Nos protegerían de los peligros del planeta Tierra. Algunos incluso vivirían más tiempo que estando en libertad. De vez en cuando un polvete controlado para perpetuar los ejemplares en cautividad. Sin poder movernos, lo único que nos quedaría sería gemir, hablar, cantar, gritar, llorar... Y esto sería precisamente el motivo de nuestra captura. Nos habrían encerrado para experimentar el placer de escuchar nuestra voz. Nuestro sonido. No entenderían su significado pero les agradaría la melodía. Y por supuesto estarían convencidos de que lo hacen por nuestro bien. Porque nos aman. Y seguro que más de uno se apenaría cuando llegara la muerte de su humano.

Por supuesto mis ex no estaban de acuerdo, pero a veces es difícil convencer a un padre (y también a un suegro) y se justificaban en que era la única ilusión de un anciano sin maldad. Por mi parte les prometí que aunque la relación no funcionase (como finalmente ocurrió) el día que murieran sus padres (como todavía no ha ocurrido), podían contar conmigo, con mi coche y con mi tiempo para ir a la montaña a liberar a todos los reclusos del campo de concentración. Lo mantengo en pie.

Epílogo: Hago lo anterior extensible a canarios, periquitos, cotorras, loros, agapornis y cualquier otra ave aunque haya sido criada en cautividad. Los pájaros han nacido para volar libres, no para ser enjaulados para el disfrute de los seres humanos.

jueves, 12 de enero de 2012

LA TAUROMAQUIA

Yo estoy en contra de cualquier forma de violencia no sexual. En particular me parece aberrante la tortura, y muy en especial si las víctimas son animales. Me da igual que se disfrace de tradición, cultura, arte, identidad nacional o zoofilia, el sadismo tan sólo debe darse entre humanos y con el consentimiento y disfrute de todas las partes. 

Es por ello que estas tradiciones y festejos donde se canaliza el morbo sanguinario hacia un pobre animal me parecen detestables, incluso, si me aprietas, me atrevería a decir que son dignos de personas de perfil bajo.

En la época de los romanos, existía un espectáculo conocido como Circo, en el que unos tíos cachas llamados gladiadores, se zurraban para el divertimento de la turba. Era fácil que quedaran mutilados o que directamente murieran. Pulgar arriba, pulgar abajo. También era divertido ver como unos esclavos eran descuartizados por leones y otras fieras (a las que cazaron y apartaron de su hábitat natural sin preguntarles). Todo por puro espectáculo. Seguro que para ellos era tradición, cultura, arte, identidad nacional y algún zoófilo habría entre el público. Era lo normal para la época y hoy nos parece de una brutalidad inconcebible.

De la misma forma, dentro de algunos centenares de años, cuando en los libros de historia se lean las atrocidades que hoy se cometen contra los animales para diversión humana, nuestros descendientes pensarán que éramos tan salvajes como nos lo parecen a nosotros los vasallos del César.

Una vez me dijo un compañero de trabajo (al que le gustaban los toros... bueno, le gustaba que los matasen) que el torero era un artista y un valiente que se jugaba la vida delante de la bestia.

Reconozco que a mí si me ponen delante de un animal de 500Kg, cabreado, al que han estado pinchando con estacas y banderillas que actúa en legítima defensa para salir de una situación que no ha buscado y que no entiende... yo seguramente saldría por patas lo más rápido que me permitieran los efluvios encharcados de mi pantalón (excepcionalmente no atribuibles a mi colon irritable). Como no quiero quemarme no me acerco al fuego.

Sin embargo, si hubiera igualdad de oportunidades, estadísticamente el 50% de las veces moriría el toro y el 50% de las veces moriría el torero. Pero este ratio no se cumple ni de lejos. O sea que tan valiente no es. Que se ponga un pantalón ajustado para marcar paquete no es prueba de su masculinidad. Sólo existe un test homologado y universal para medir la hombría y el valor. Una prueba infalible. Todas las demás tienen errores o excepciones, pero ésta tiene un acierto del 100%. Si un hombre, inmediatamente después de rascarse la bolsa escrotal se huele los dedos significa que es un machote de verdad. Es irrefutable y no hace falta matar a nadie.

martes, 25 de octubre de 2011

LA VELOCIDAD

Últimamente está de moda marear a los conductores con límites de velocidad variables, que son inferiores a los estándares de conducción segura por el tipo de vía y la capacidad actual de los vehículos.

Se justifican diciendo que son para evitar accidentes y contaminación. Es cierto. A menor velocidad menos siniestros y menos polución. Si la velocidad máxima en cualquier carretera del país fuera de 50 Kph seguro que se reducirían. Y si fuera 20 Kph todavía menos. O mejor aún, si se prohibieran los automóviles. Entonces no habría ningún accidente y el aire estaría mucho más limpio. Pero no se hace porque el impacto en la economía y en la libertad de desplazamiento de los individuos sería devastador. Entonces ¿dónde está la frontera? ¿Por qué 80 Kph? ¿Por qué 100 Kph? ¿Quién decide el umbral?

Yo le he cogido el gustillo a lo de estar vivo y detesto contaminar. Pero tengo coche y lo uso. Y lo hago porque asumo un cierto riesgo contra mi persona y contra el medio ambiente a cambio de un beneficio en capacidad de desplazamiento que me compensa. Y soy extremadamente prudente con ambos porque mi vida y mi planeta son dos de las cosas que más aprecio en este mundo.

Pero estos límites de velocidad me parece que tienen poco sentido más allá de un afán recaudatorio y mediático. La seguridad y la polución pasan más por la vía tecnológica y de concienciación que por los límites de velocidad variables.

Además, cuando voy a 80 en lugares donde estaba acostumbrado a ir a 120 me abuuuuurrrrrooooooo........

viernes, 21 de octubre de 2011

LA CORBATA

Nunca me acostumbré a llevar corbata. Es una prenda de vestir que no entiendo. No abriga en invierno y sofoca en verano. Su valor estético es cuestionable, siempre subjetivo, y a mi entender en muchos casos claramente resta.

Imagino que históricamente era una forma de distinguir a los ejecutivos del resto de mortales. Una forma de separación de clases, de elitismo. Los encorbatados tenían un trabajo más cualificado que los plebeyos. No se ensuciaban las manos. Hoy en día esto está obsoleto y se sigue usando por pura inercia.

Yo siempre la he visto como una soga en el cuello, como una correa de perro. No es más que un simbolismo, nunca me han ahorcado con ella, pero para mí, tener un nudo corredizo alrededor del cuello no puede ser buen Feng Shui.

Hace años me negué a seguir llevándola. Al principio era el bicho raro, pero poco a poco la gente se fue sumando a la iniciativa. Con el tiempo, en verano, pudimos subir algún grado la temperatura del aire acondicionado de la oficina. Lo agradecieron las mujeres que lógicamente van menos abrigadas en verano. A ellas no se les ocurriría estrangularse con una tira de trapo alrededor del cuello, pero tienen un abanico de instrumentos de tortura autoinflingida mucho más extenso, como la depilación, los zapatos de tacón... pero esto ya es otro tema. Y sobretodo lo agradeció el Medio Ambiente. Abrigarse en verano para ir a la oficina porque es la estética imperante y tener que bajar la temperatura artificialmente es de una absurdidad insostenible.

Sí, la corbata desaparecerá con el tiempo, pero no será fácil. Siempre pienso que el estafador más peligroso es el que va impecablemente vestido. La gente se fía más. Con un traje caro y una corbata de seda se te abren puertas de otra forma impenetrables. Y es pura fachada. La validez de la persona que va dentro es absolutamente independiente de su carcasa.

Y ya sé que hay gente que se gana la vida fabricando corbatas, pero también había gente que se dedicaba a fabricar máquinas de escribir o discos de vinilo y tuvieron que evolucionar.

Yo digo no. No a las corbatas.



miércoles, 19 de octubre de 2011

LA CAZA

Nunca he sentido mucha simpatía por los cazadores. Me gusta pasear por el monte, y me resta tranquilidad saber que una persona armada merodea por los alrededores. De momento no me han matado ninguna vez, pero he tenido más de un susto y yo voy al bosque para encontrar paz y silencio, no a estar pendiente de hacer ruido para delatar mi posición y así evitar balas perdidas.

Sin embargo, uno de mis mejores amigos es cazador.

Me argumenta que los humanos hemos destruido la mayor parte del hábitat de muchas especies dejándolas aisladas en reductos limitados.

Hemos aniquilado sus depredadores naturales, como el lobo, y sin un depredador artificial, (el cazador), las especies crecerían incontroladamente e invadirían las zonas urbanas en busca de alimento. Animales grandes, como el jabalí, provocarían mortales accidentes de tráfico. Otros se convertirían en plagas y causarían desequilibrios en los ecosistemas y en los cultivos.

Afirma que muchos cazadores son ecologistas, aman la Naturaleza y los bosques y ayudan a protegerlos y a cuidarlos. Y predica con el ejemplo, conozco pocas personas que amen tanto el bosque y que tengan una conciencia ecológica y del reciclaje tan amplia como él.

También argumenta que él (como la mayoría de la población) come carne, y en vez de comprarla en el supermercado y que otro mate al animal en su nombre lo mata él directamente. Y no es más culpable que el que lo hace sacrificar por encargo para zamparse un buen filete.

Debo reconocer que en todo lo que dice tiene razón. Si yo viviera en una tribu prehistórica también cazaría. Pero no necesito cazar para sobrevivir. La caza por deporte implica un placer a la hora de apretar el gatillo y segar la vida de un animal. Y yo no disfruto matando animales. Al contrario, nada me alegra más que encontrármelos cuando voy de excursión, y lo último que me pasaría por la cabeza es acabar con sus vidas.

No negaré que de vez en cuando cae un jamoncito y el cerdo también tenía derecho a vivir. No negaré que a veces me como mi latita de atún y al bonito nunca le preguntaron. Mentiría si dijera que cuando veo un mosquito tigre encima de mi pierna afilando el aguijón para chuparme la sangre le perdono la vida... no, lo aplasto de inmediato, pero sin sentir ningún placer en tal acto o el más mínimo odio hacia él. El cerdo, el atún, el mosquito, todos tenían derecho a vivir y todos mueren por mi culpa.... pero en ningún momento siento placer por su ejecución.

Esa es la diferencia. El cazador disfruta matando al animal. Yo no.

martes, 18 de octubre de 2011

LOS HIJOS

Afirmaba Takashi Asano en la Contra de la Vanguardia del 05/10/2011 que no había tenido hijos para preservar el medio ambiente. Entiendo que ésta era una razón entre muchas otras, y probablemente no fue la principal a la hora de tomar tal decisión, pero no puedo evitar estar de acuerdo con él.

Yo no tengo hijos. Afortunadamente no todo el mundo piensa como Takashi y como yo, dado que entonces la raza humana se habría extinguido. La supervivencia de una especie se basa, entre otros factores, en su capacidad reproductiva, pero en el caso de los seres humanos me parece que si nos extinguimos será por otros motivos.

La población mundial crece exponencialmente, pero el planeta Tierra y los recursos naturales son limitados. No pueden crecer. Más gente presiona sobre el mismo territorio provocando conflictos y la destrucción del medio ambiente. Y cada una de esas personas tiene el mismo derecho a comer, a ocupar un espacio y a existir que su vecino.

Las religiones siempre han intentado que sus adeptos tengan el mayor número de hijos posible, dado que así tienen más probabilidades de extenderse y de competir con las demás. El peso de la religión en la cultura y modelos económicos antiguos promovían aumentar al máximo el número de hijos. Pero todo esto ya está obsoleto.

Hoy en día la presión de la humanidad sobre el planeta ya es insostenible, y añadir más humanos es añadir necesidades alimentarias, energéticas, contaminación, conflicto y residuos.

Es cierto que los ajustes son dolorosos para la generación que los sufre. Un descenso de la natalidad provocaría una población envejecida que acabaría teniendo que ser mantenida por una fuerza laboral menor. El sistema de pensiones quebraría (no por la pirámide poblacional sino por ser de reparto en lugar de ser de capitalización) y la edad de jubilación no pararía de aumentar.

Pero siempre será menos doloroso un ajuste por descenso de natalidad que por un incremento brusco de mortalidad. Y tarde o temprano debe producirse un ajuste. A este ritmo simplemente no se cabrá.

Pero todos los colectivos, todos los estados, todas las religiones, todas las familias prefieren que sea otro el que reduzca su natalidad. Los estados dan ayudas fiscales por hijos y benefician a las familias numerosas. Nunca he entendido dichas políticas, nadie les obligaba a tener tantos hijos. Creo que la respuesta viene de la concienciación y los estados no deberían intervenir más allá. O mejor aún. No intervenir de ningún modo.

Claro que si me gustasen los niños tal vez pensaría de otra manera...